Cuando una ciudad escucha
Hay lugares donde la música sucede. Y hay otros donde parece que todo alrededor estaba esperando para escucharla.
En clave de Fa · Crónicas de Andrea Falconieri
Hay algo que siempre me ha desconcertado de esta ciudad cuando llega agosto.
La luz empieza a caer sobre las piedras del casco antiguo y Cuenca parece cambiar de voz. Las calles se quedan poco a poco en silencio, las hoces empiezan a oscurecerse y los ríos, allá abajo, recuerdan que la ciudad está suspendida entre dos aguas.
Es una ciudad difícil de explicar cuando uno intenta hacerlo con palabras.
Quizá sea más sencillo caminarla.
Mirar cómo la piedra adquiere formas imposibles, cómo una fachada aparece de pronto detrás de una curva, cómo la naturaleza se mete en la ciudad sin pedir permiso. Y cuando llega la tarde, esa luz de verano que se queda un poco más de la cuenta sobre el casco antiguo termina de hacer el resto.
Quizá por eso una Muestra de canto aquí no pueda ser solamente una sucesión de conciertos.
Porque cuando una voz rompe el silencio, lo hace también la piedra, el espacio, y nace el arte.
La Fundación Antonio Pérez cambia de rostro con sus exposiciones. Este año, en su sede de Cuenca, conviven propuestas como Un goce inscrito, dedicada a Pablo Palazuelo, GRAPHOS, de Pepe Gimeno, y Un museo en tu bolsillo 07, de Isis Saz.
No hace falta que la pintura y la música se expliquen mutuamente. Basta con que compartan el mismo espacio.
Una obra en una pared.
Una voz delante de nosotros.
Un piano.
La luz entrando de una determinada manera.
Y de repente dos formas distintas de mirar y de escuchar empiezan a convivir.
Eso también forma parte de la Muestra.
La música también se aprende
Pero una Muestra de canto no empieza cuando se encienden las luces.
Hoy ha comenzado el curso de Lied y canción, y con él vuelve una de las partes menos visibles y, quizá por eso, más importantes de estos días.
Una voz que busca.
Una palabra que todavía no termina de encontrar su intención.
Un piano que responde.
Un profesor que detiene una frase porque algo no está diciendo todavía lo que debería.
Quien haya estado alguna vez cerca de una clase de canto sabe que ahí no hay nada de automático.
A veces una frase necesita cinco intentos.
A veces una respiración cambia por completo esa misma frase.
A veces el cantante cree que está diciendo algo y el profesor le hace descubrir que todavía no lo está diciendo, o que dice justo lo contrario.
Eso también es hacer música.
Y quizá por eso la canción sea una de las formas más exigentes y más hermosas de trabajar la voz: porque obliga a que palabra y música dejen de caminar por separado.
Hay que escuchar lo que se canta.
Y también escuchar lo que el piano está diciendo.
La Muestra no solo presenta el resultado.
También muestra el proceso.
Una voz nunca está sola
Una voz necesita un mundo alrededor.
Un pianista.
Un compositor.
Un profesor.
Un alumno.
Un intérprete.
Un espacio.
Un escenario.
Y también otros músicos.
Esta edición lo recuerda con Tomás y Alba, músicos conquenses y profesionales, que tendrán su lugar dentro de una programación de carácter internacional.
Y me interesa que estén ahí no solamente porque sean de Cuenca.
Me interesa porque son músicos.
Porque una ciudad musical no puede consistir únicamente en recibir a quienes llegan de fuera. También tiene que saber mirar alrededor, reconocer a quienes trabajan aquí y ofrecerles un espacio desde el que dialogar con otros artistas, otros públicos y otras músicas.
No para encerrarse en lo propio.
Al contrario.
Para ponerlo en conversación con el mundo.
Quizá eso sea también hacer ciudad.
Del aula al escenario
Hay una imagen de esta Muestra que me gusta especialmente.
Miguel Ituarte estará al principio y al final.
Primero, junto a Cecilia, en el curso de Lied y canción.
Después, en el último concierto profesional de esta edición, sentado al piano.
Entre una cosa y otra habrán pasado días de música.
Alumnos.
Profesores.
Ensayos.
Conciertos.
Conversaciones.
Y seguramente también nervios.
Porque entre el aula y el escenario existe una distancia que no se puede recorrer de golpe.
Primero se aprende.
Después se prueba.
Se falla.
Se vuelve a probar.
Y un día llega el momento de sentarse delante del público y descubrir qué queda de todo aquello cuando las palabras dejan de ser explicaciones y se convierten en música.
Después llegará el concierto de los alumnos y la entrega del Premio Carlos Alcocer.
Y entonces la Muestra habrá vuelto a poner en el mismo camino algunas de las cosas que más sentido tienen en ella: aprender, escuchar, interpretar y dar una oportunidad.
Cuando una ciudad escucha
Quizá por eso la Muestra sea difícil de explicar cuando uno intenta reducirla a un programa.
Está la música, claro.
Pero también está el entorno, la escenografía.
La luz.
Las hoces.
Los ríos.
La arquitectura.
El arte.
La palabra.
El aprendizaje.
Los músicos que llegan de lejos.
Los que ya estaban aquí.
Y, finalmente, alguien sentado en su butaca dispuesto a escuchar.
Todo eso sucede durante unos días en un mismo lugar.
Y quizá esa sea la verdadera singularidad de la Muestra.
No que reúna muchas cosas.
Sino que esas cosas se encuentren.
Que una ciudad Patrimonio de la Humanidad pueda convertirse en escenario sin dejar de ser ciudad.
Que la naturaleza entre por las ventanas.
Que una obra de arte conviva con una canción.
Que una clase durante el día pueda terminar convirtiéndose en concierto.
Que un músico conquense comparta espacio con artistas llegados de otros lugares.
Que la palabra encuentre una voz y que esa voz encuentre un piano.
Y que, al final, todo eso llegue a alguien que escucha.
Tal vez una “ciudad de música” no sea una ciudad donde simplemente hay música.
Quizá sea una ciudad capaz de crearla y hacerle sitio.
Mañana comenzará la Muestra.
La ciudad seguirá ahí, con sus piedras, sus hoces, sus ríos y su luz de agosto.
La música también.
Quizá no la hayamos traído nosotros.
Quizá la música ya estaba aquí.
Nosotros solo hemos encontrado, durante unos días, la manera de escucharla.
Andrea Falconieri
En clave de Fa · Para QNK.ÓPERA