Primera crónica de la V Muestra Internacional de Canto Lírico de Cuenca
En clave de Fa · Crónicas de Andrea Falconieri
Las calles de Cuenca, con su trazado irregular y su ritmo pausado, ya preparan al visitante antes de llegar a la cita. A las ocho y media, tras los cinco minutos de cortesía, comenzó la Muestra.
La capilla estaba llena de un público quizá no numeroso, pero sí atento. De esos públicos que escuchan de verdad. Participativo, respetuoso y entregado desde el primer momento, incluso cuando el calor decidió convertirse en un irrespetuoso invitado más de la velada.
No era fácil combatirlo, aunque se pusieran a disposición del público unos abanicos silenciosos, pequeños aliados que hicieron bien su trabajo. Lo demás lo puso la música.
Y quizá también la luz.
Una iluminación fresca, directa, cambiante con una delicadeza casi imperceptible, fue transformando durante la velada las tonalidades de la capilla y de las obras que la habitan. Sin competir con ellas, las hizo aparecer de otra manera. El espacio expositivo adquirió brillo, profundidad y una cierta sofisticación que acompañó muy bien lo que estaba ocurriendo delante.
Miguel Ituarte fue quien abrió el camino.
Antes de que la anfitriona —la música— apareciera, explicó el repertorio con una claridad que agradece cualquier oyente: pedagógica, pero nunca distante; técnica, pero sin convertir la técnica en una barrera. No se trataba solamente de saber qué íbamos a escuchar, sino de saber cómo escucharlo.
Y entonces llegó Falla.
La Fantasía Bética, para piano solo, fue un comienzo de esos que no necesitan demasiadas explicaciones.
El piano entró con fuerza.
Rotundo.
Profundo.
Redondo.
Con ese poderío que tiene Falla cuando lo español deja de ser una referencia estética y se convierte en materia sonora.
La Muestra había comenzado.
Y lo había hecho metiendo al público dentro de la música desde la primera obra.
Después llegó Cecilia Lavilla.
Y el contraste fue notable.
Si el piano había abierto la noche desde la contundencia, Cecilia decidió recorrer buena parte del programa desde otro lugar: el de la sutileza.
Una voz expresiva, contenida, capaz de mantenerse durante largos momentos en un piano casi permanente y, desde ahí, buscar una enorme variedad de colores. Hubo momentos en los que el canto parecía querer desaparecer en el aire, llevado hasta el extremo del filado, obligando al oído a acercarse.
No era una voz que necesitara imponerse.
Era una voz que sabía decir.
Y ahí estuvo, quizá, una de las claves de la noche.
Porque cantar en voz de cabeza en piano no significa cantar con menos intensidad. Al contrario. Cuando el volumen deja de ser el principal recurso expresivo, todo queda expuesto: la palabra, el color, la respiración, la intención, la relación con el piano.
Y Cecilia supo jugar precisamente en ese territorio.
Por eso La Courte Paille, de Poulenc, fue para mí el gran momento de la velada.
La obra exige algo más que cantar bien. Su dificultad está, sobre todo, en el texto, en sus cambios de intención, en esa necesidad de encontrar una verdad diferente en cada canción y, a veces, casi en cada palabra.
Cecilia lo resolvió desde una inteligencia musical que no necesitaba subrayados. La ironía, la ternura, el juego, la melancolía: todo apareció sin que la interpretación tuviera que levantar la voz para explicarlo.
Lo aparentemente pequeño adquirió una dimensión enorme.
Después llegó el repertorio inglés.
Frank Bridge y Roger Quilter cambiaron la temperatura de la noche. El aire se hizo más ligero después de la intensidad de Falla, Ravel y Poulenc, y la tensión se aflojó sin que desapareciera la atención.
Y así, entre explicaciones, música, palabras y silencios, pasó aproximadamente una hora y media.
Una hora y media de música y pedagogía.
Y entonces llegaron los bises.
Falla volvió a aparecer.
Tus ojillos negros, canción andaluza de Manuel de Falla sobre texto de Cristóbal de Castro, regresó a la noche en una versión delicadísima. La obra, compuesta hacia 1902-1903, pertenece a las canciones de juventud del compositor.
Los sobretítulos habían acompañado durante toda la velada el sentido de los textos, pero allí ocurrió algo distinto.
Por un momento se podía cerrar los ojos.
Ya no hacía falta mirar.
Solo escuchar.
Y dejar que aquella voz, sostenida por el piano, terminara de decir lo que las palabras habían empezado a contar.
El último bis fue Fancy, de Poulenc, sobre un texto de Shakespeare.
Ahí se reafirmó para mí el gran descubrimiento de la noche: un Poulenc mágico y sublime.
No solo porque cerrara el concierto de una manera luminosa, sino porque adquirió un significado especial dentro del homenaje a Felicity Lott. Lott grabó esta pieza junto a Pascal Rogé dentro de su repertorio dedicado a las mélodies de Poulenc.
Y entonces uno comprende que Falla y Lott habían estado presentes durante toda la noche de maneras muy distintas.
Falla, desde esa raíz española capaz de ser poderosa y delicada al mismo tiempo.
Lott, desde una forma de entender la canción en la que la palabra, el gesto y el color vocal forman parte de una misma cosa.
Dos presencias.
Dos mundos.
Y una misma idea de fondo: que la energía y la verdad no siempre necesitan levantar la voz.
A veces pueden llegar desde la calma.
Desde el sosiego.
Desde una voz que parece susurrar y, sin embargo, consigue llenar todo el entorno.
Quizá ahí estuvo la verdadera fuerza de este primer concierto.
En descubrir que también se puede cantar con energía desde la tranquilidad.
Y que, cuando eso sucede, hasta el silencio parece querer escuchar.
Andrea Falconieri
En clave de Fa · Para QNK.ÓPERA