De Cádiz a Gibraltar y el viaje acaba de empezar

Segunda crónica de la V Muestra Internacional de Canto Lírico de Cuenca

En clave de Fa · Crónicas de Andrea Falconieri

Hay viajes que empiezan mucho antes de que uno se suba al tren.

Este comenzó hace un año, en el curso de Lied y Canción de la Muestra Internacional de Canto Lírico de Cuenca.

Ayer, en la pequeña capilla de la Fundación Antonio Pérez, llegó el momento de comprobar hasta dónde había llevado aquel camino.

A las ocho y media comenzó el concierto. Unos minutos de cortesía permitieron que el público terminara de llegar y que la capilla fuese llenándose poco a poco.

No hay aquí un gran aforo.

Y quizá sea mejor así.

Porque estos son conciertos de cámara. Música para escuchar cerca. Para distinguir una respiración, una consonante, el roce de una tecla, el nacimiento de un sonido antes de que termine de convertirse en palabra.

La capilla de la Fundación Antonio Pérez tiene precisamente esa virtud: convierte la aparente limitación del espacio en intimidad.

El público no era numeroso.

Pero escuchaba.

Y escuchaba bien.

Hasta el calor, que había vuelto a presentarse sin invitación y con cierta insolencia, terminó por desaparecer cuando comenzó la música.

Y entonces comenzó el viaje

Alicia Sánchez y Luis Fernando Pajín habían preparado un viaje.

No uno de esos que necesitan mapas.

El suyo se hacía con canciones.

Primero Inglaterra.

La música apareció fresca, ligera, de armonías luminosas y fáciles de respirar. Poco a poco, el oído se acomodó al paisaje. Después Francia. Alemania. Italia.

Cada idioma cambiaba algo.

El color.

La intención.

La manera de colocar una palabra.

La forma de respirar una frase.

Y también la manera de entender la voz.

Alicia iba pasando de un territorio a otro con una naturalidad que permitía descubrir algo importante: que una voz no es solamente un timbre.

Es también una manera de habitar diferentes músicas.

Su instrumento tiene densidad, morbidez cuando crece el sonido y una zona aguda brillante, cálida y limpia, capaz de proyectarse con facilidad.

Pero hay algo quizá más interesante todavía.

Esa densidad no le impide aligerar.

Alicia tiene una capacidad notable para moverse en el terreno ligero y en la coloratura, y ahí apareció una de las facetas más atractivas de su interpretación.

Es una voz lírica joven.

Todavía está creciendo.

Y eso, lejos de ser una carencia, forma parte de su interés.

Porque hay voces que llegan hechas.

Y hay otras que uno tiene la suerte de escuchar mientras se están haciendo.

El tiempo, el trabajo y los escenarios irán poniendo nuevas capas sobre este instrumento.

Ayer ya había material de sobra para intuir hacia dónde puede crecer.

Hasta que llegó Bellini

Y entonces apareció Dopo l’oscuro nembo.

La romanza de Nelly de Adelson e Salvini, la primera ópera de Bellini, estrenada en Nápoles en 1825. Una página temprana, pero en la que ya se reconoce algo del Bellini que vendría después.

De hecho, el compositor recuperaría más tarde aquella melodía, transformándola, para Oh, quante volte de I Capuleti e i Montecchi.

A veces una canción contiene el futuro de un compositor.

Y ayer pareció contener también algo del futuro de una cantante.

Fue, para mí, el momento culminante del recital.

Alicia cantó con soltura, con comodidad, sin que pareciera necesitar demostrar nada.

Simplemente estaba allí.

Cantando Bellini.

Y eso es mucho.

La línea caminaba.
La voz encontraba su lugar.
Su espacio, sencillamente, natural.

Pero el viaje todavía guardaba su destino

Porque después de Inglaterra, Francia, Alemania e Italia llegó España.

Y ahí algo cambió.

Alicia pareció quitarse los zapatos.

Como quien llega finalmente a casa.

Las canciones de Manuel García fueron uno de los momentos más brillantes de la noche. Y no solamente por la voz.

García exige algo más que belleza vocal.

Hay que saber sonreír con una palabra.

Esconder una intención.

Dejar caer una ironía.

Entender que detrás de una frase aparentemente inocente puede haber un doble sentido.

Y Alicia encontró ese juego.

Ahí apareció una intérprete especialmente cómoda, capaz de disfrutar del texto y de dejar que el carácter de las canciones entrara en la voz.

Pero hubo otro protagonista que merece ser escuchado.

El piano.

Los acompañamientos de Félix Lavilla son sencillamente sublimes.

No se limitaron a acompañar las canciones de Manuel García: las iluminaron.

Pusieron en primer plano sus intenciones, sus ironías, sus pequeños juegos, permitiendo que el piano se convirtiera en cómplice de la voz.

Y Luis Fernando Pajín supo recoger ese regalo y hacerlo suyo.

Durante todo el recital fue un compañero atento, cómplice, generoso.

Siempre junto a Alicia.

Siempre pendiente de ella.

Pero sin desaparecer.

Y de pronto, el piano quedó solo

Hubo tres momentos en los que Luis Fernando dejó de ser acompañante.

Y el cambio fue interesante.

El pianista apareció entonces con personalidad propia, con una exposición llena de autenticidad y entrega.

El instrumento tenía un sonido equilibrado y rotundo, especialmente compacto en la zona grave. Una materia sonora que le permitió construir una paleta rica de timbres y dinámicas.

Y Pajín la aprovechó.

No parecía estar esperando a que volviera la voz.

Tenía algo que decir.

Y lo dijo.

Quizá ahí empezó a definirse también ese dúo que forman con Alicia.

Todavía joven.

Todavía en construcción.

Pero con posibilidades de adquirir, con los años y los conciertos, una personalidad propia que habrá que seguir de cerca.

El viaje terminó en Cádiz

Y entonces llegó De Cádiz a Gibraltar, de Jesús García Leoz, la canción que daba nombre al recital.

El viaje había atravesado Europa para terminar aquí.

En España.

En el sur.

En ese territorio donde la música parece tener sal, aire y memoria.

García Leoz escribió De Cádiz a Gibraltar como parte de su Tríptico de canciones sobre textos de Federico García Lorca. Y en ese final había algo más que una canción.

Había una declaración de intenciones.

El viaje terminaba.

Pero el camino no.

El bis dejó al público con esa sensación tan extraña y tan agradable que producen las cosas que terminan demasiado pronto.

Con la miel en los labios.

Más de uno habría escuchado de mil amores el tríptico completo.

Pero quizá no estaba mal terminar así.

Porque un recital también puede terminar dejando una pregunta.

¿Qué vendrá después?

El premio que se convierte en camino

Y entonces volvemos al principio.

Hace un año, Alicia estaba en un curso.

Ayer tenía delante un escenario.

Entre una cosa y otra había ocurrido algo que merece ser contado.

El Premio Carlos Alcocer.

Un premio que no se limita a reconocer el trabajo realizado, sino que ofrece algo mucho más difícil de conseguir para una joven cantante: una oportunidad real.

La posibilidad de pensar un recital.

De elegir un repertorio.

De prepararlo.

De defenderlo.

De enfrentarse a un público.

De aprender lo que solamente se puede aprender cuando uno está ahí arriba.

Por eso el concierto de ayer tiene un significado especial dentro de la Muestra.

Porque el Premio Carlos Alcocer no se entrega solamente.

Se canta.

Como cantaba él: con franqueza, con verdad, como sólo puede cantar una voz tan preciosa como era la suya.

Ayer, de alguna manera, su nombre volvió a subir al escenario.

Y lo hizo unido a una joven voz que todavía tiene mucho camino por recorrer.

Alicia llegó a Cádiz.

Llegó a Gibraltar.

Y llegó también a la Muestra.

Pero para ella, en realidad, el viaje acaba de empezar.

Y quizá ese sea el mejor destino que podía tener este premio.

Andrea Falconieri

En clave de Fa · Para QNK.ÓPERA