Cuando la voz no necesita palabras

Tercera crónica de la V Muestra Internacional de Canto Lírico de Cuenca

En clave de Fa · Crónicas de Andrea Falconieri

Hay noches en las que la voz canta.

Y hay otras en las que la voz cambia de cuerpo.

Anoche, en el ecuador de la V Muestra Internacional de Canto Lírico de Cuenca, la voz no estaba en una garganta.

Estaba en una flauta.

Y dialogaba con el que, quizá sin proponérselo, se ha convertido en el instrumento rey de esta Muestra: el piano.

A las ocho y media, el público acudió puntual y expectante a la capilla de la Fundación Antonio Pérez.

No era una noche más.

El tercer concierto de la Muestra estaba dedicado exclusivamente a la música de cámara y tenía, además, algo especialmente significativo: sus protagonistas eran dos músicos conquenses.

Tomás Alcocer y Alba Herráiz.

Dos intérpretes jóvenes, reservados, casi tímidos en las formas, pero capaces de descubrir, cuando empiezan a tocar, un mundo interior de una intensidad muy distinta.

Porque hay músicos que hablan mucho antes de tocar.

Y hay otros que prefieren dejar que hable el instrumento.

Anoche hablaron ellos.

Y hablaron mucho.

Una Muestra que empieza a hacerse ciudad

La Muestra parece ir calentando poco a poco los oídos y los corazones de quienes estos días pasan por Cuenca.

Quizá algunos todavía no sepan que, durante estas noches de agosto, sucede algo pequeño y extraordinario en la capilla de la Fundación Antonio Pérez.

Algo que no necesita grandes escenarios.

Ni grandes aforos.

Sólo necesita músicos. Intérpretes. Artistas.

Y alguien dispuesto a escuchar.

Este concierto tenía, además, una intención que conviene subrayar.

Demostrar que la pertenencia a un lugar no está reñida con la excelencia.

Que ser de Cuenca no es una condición que limite la dimensión de un músico.

Al contrario.

Tomás Alcocer y Alba Herráiz demostraron que desde aquí también se puede construir un discurso artístico con la calidad, la profundidad y la exigencia necesarias para formar parte de un ciclo de carácter internacional.

Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas que está consiguiendo esta Muestra.

Hacer visible una música que ya estaba aquí.

Tres épocas. Dos voces. Un solo viaje

El programa proponía un recorrido por tres épocas.

Bach.

Mozart.

Franck.

Tres compositores separados por más de un siglo de historia musical.

Tres maneras completamente diferentes de entender el sonido.

Y, sin embargo, una misma idea los unía.

La voz.

Sólo que esta vez eran dos voces.

La de la flauta.

Y la del piano.

Bach: cuando todo está en su sitio

El viaje comenzó con Bach.

Y Bach no permite demasiadas concesiones.

Su música tiene algo de arquitectura.

Todo parece tener un lugar.

Cada nota.

Cada respiración.

Cada entrada.

Cada respuesta.

La flauta de Tomás sonó sobria, profunda, aterciopelada.

Franca.

Había algo casi matemático en su discurso, una precisión que no impedía que la música respirara.

Al contrario.

La respiración estaba precisamente en el orden.

Las líneas se cruzaban.

Los contrapuntos dialogaban.

Las voces aparecían y desaparecían con esa lógica endiabladamente perfecta que hace que Bach pueda parecer sencillo cuando está bien tocado y casi imposible cuando uno intenta descubrir qué hay detrás.

Alba respondió desde el piano con la misma claridad.

Equilibrada.

Precisa.

Atenta.

La capilla hizo el resto.

Su sonoridad devolvía cada detalle con una nitidez extraordinaria, sin enturbiar las armonías ni las líneas contrapuntísticas.

Fue una pequeña lección de cómo escuchar a Bach.

Y también de cómo interpretarlo.

Pero Tomás no lo tuvo fácil.

El calor volvía a estar allí.

La sequedad del ambiente.

Y seguramente alguno de esos pequeños enemigos invisibles que quienes no conocemos los secretos de la flauta apenas podemos imaginar.

El instrumento tiene sus exigencias.

Y anoche intentó ponérselo difícil.

Tomás salió airoso de todos los lances.

Y entonces apareció Mozart

Y fue como abrir una ventana.

Toda la densidad del universo barroco pareció diluirse de repente.

Quedó la luz.

La claridad.

La melodía.

El aire.

Mozart.

Para quien escribe, además, Mozart es una debilidad difícil de ocultar.

Por eso hubo algo parecido a la gratitud al escuchar aquellas páginas.

Una gratitud dirigida a dos músicos que habían tenido la maravillosa idea de incluir al compositor salzburgués en su viaje.

Por un instante pensé:

¿Por qué no habrá más Mozart en esta edición de la Muestra?

El pensamiento duró apenas unos segundos.

Después sólo quedó el placer.

Qué música tan celestial.

Qué aparentemente sencilla.

Qué difícil debe ser conseguir que su sencillez parezca verdaderamente fácil.

Tomás y Alba lo hicieron desde un equilibrio extraordinario.

Los matices.

Los volúmenes.

Las intensidades.

Las respiraciones.

Y, sobre todo, el empaste.

La flauta y el piano parecían hablarse sin esfuerzo.

No había un instrumento que acompañara a otro.

Había dos músicos escuchándose.

Dos voces que se encontraban.

Y ahí Mozart volvió a recordarnos algo que a veces olvidamos:

que la profundidad no siempre necesita densidad.

A veces basta una melodía.

Y entonces llegó el Romanticismo

Después de Bach y Mozart, Franck cambió completamente el paisaje.

Habíamos llegado al Romanticismo.

Y no hacía falta que nadie nos explicara por qué.

La Sonata en La mayor de César Franck, originalmente escrita para violín y piano en 1886, fue concebida como regalo de boda para el violinista Eugène Ysaÿe. La obra terminó convirtiéndose en una de las grandes sonatas del repertorio y su estructura cíclica hace que determinados materiales musicales reaparezcan, transformados, a lo largo de los cuatro movimientos.

Allegretto ben moderato.

Allegro.

Recitativo-Fantasia.

Allegretto poco mosso.

Y fue especialmente en el segundo movimiento, ese Allegro, donde la noche pareció incendiarse.

Todo lo que hasta entonces había estado contenido apareció de repente.

La velocidad.

El fuego.

La tensión.

La precisión.

Tomás y Alba dejaron salir todo lo que tenían dentro.

Veíamos de qué están hechos.

La ejecución adquirió una dimensión casi atlética.

Había profundidad y rotundidad en el sonido, pero también una precisión vertiginosa.

El Romanticismo había llegado.

Y con él, esa necesidad de decir más.

De sentir más.

De llevar la música hasta un lugar en el que ya no basta con interpretarla: hay que atravesarla.

Fue, probablemente, el plato fuerte de la noche.

Aunque para quien escribe estas líneas aquel momento Mozartiano seguirá teniendo un lugar difícil de eclipsar.

Y entonces apareció un ángel

El concierto había sido breve.

Quizá el más corto de los tres celebrados hasta ahora.

Pero nadie parecía necesitar más.

Había sido suficiente.

Bach había puesto el orden.

Mozart, la luz.

Franck, el fuego.

Y entonces, como si después de aquel viaje necesitáramos regresar a casa lentamente, llegó el bis.

Mozart otra vez.

Ave verum corpus.

Y algo cambió.

LLegaron los recuerdos.

La memoria.

Y entonces:

Por allí pasó un ángel.

Se quedó unos segundos.

Escuchó.

Y después nos bendijo a todos con un soplo de aire.

Instantáneo.

Fugaz.

Cuenca también tiene una música callada

Quizá ésa sea una de las conclusiones más bonitas que deja esta tercera noche de la Muestra.

En Cuenca hay mucha música.

Mucha más de la que a veces sabemos o queremos reconocer.

Música visible.

Y música callada.

Música que quizá todavía permanece soterrada, esperando la gran oportunidad para salir a la luz.

Anoche salió.

Y tenía la voz de una flauta.

Tenía la voz de un piano.

Tenía dos nombres conquenses.

Tomás Alcocer.

Alba Herráiz.

Y tenía, sobre todo, algo que no se puede programar en un cartel:

una música con identidad.

Andrea Falconieri

En clave de Fa · Para QNK.ÓPERA