Treinta universos
Cuarta crónica de la V Muestra Internacional de Canto Lírico de Cuenca
En clave de Fa · Crónicas de Andrea Falconieri
Hay conciertos que se esperan.
Y después están los conciertos de Miguel Ituarte.
En una Muestra que acaba de cumplir cinco años, su recital se ha convertido ya en una de esas citas que el público espera con una cierta mezcla de curiosidad y respeto. Porque Miguel no suele venir a la Muestra a pasar de puntillas por el repertorio.
El año pasado nos sorprendió con la interpretación completa de Iberia, de Isaac Albéniz.
Este año volvió a apostar por un monográfico.
Y eligió a Johann Sebastian Bach.
No una obra cualquiera.
Las Variaciones Goldberg.
Treinta universos.
El título del concierto no podía ser más apropiado.
Porque eso son las Goldberg: treinta mundos diferentes que nacen de una misma raíz. Treinta maneras de mirar una misma arquitectura musical. Treinta pequeñas vidas que, aunque parecen alejarse unas de otras, permanecen unidas por un hilo invisible: la línea de bajo y la estructura armónica del aria que abre y cierra la obra.
Bach las publicó en 1741, dentro de la cuarta parte de su Clavier-Übung, y las presentó como una obra destinada al disfrute y al sosiego del espíritu. Una especie de música para el alma.
Y anoche, durante algo más de una hora, quizá eso fue precisamente lo que ocurrió.
Pero antes hubo que llegar.
Una ciudad que también sabe esperar
El concierto tuvo que esperar unos minutos.
El corte de tráfico en la parte baja de la ciudad, provocado por el desfile de carrozas que inauguraba las fiestas de San Julián, hizo aconsejable ampliar el tiempo de cortesía.
Unos doce minutos después de la hora prevista, Miguel Ituarte apareció en la capilla.
Y, antes de tocar una sola nota, comenzó otro concierto.
El de la palabra.
Con su habitual sencillez, Miguel convirtió la presentación en una pequeña clase magistral sobre Bach y sobre las Goldberg.
No fue una conferencia.
Fue una invitación a escuchar.
Explicó la estructura de la obra, sus curiosidades, su organización interna y algunos detalles de la edición de la partitura. Y, sobre todo, hizo algo que sólo pueden hacer quienes conocen profundamente aquello que van a interpretar: tocó.
Pequeños motivos.
Fragmentos.
Temas.
Ejemplos que permitían reconocer, antes de que aparecieran dentro del viaje completo, algunas de las piezas que íbamos a encontrar.
De repente, las Goldberg dejaron de ser una montaña que había que escalar.
Tenían un mapa.
Y Miguel acababa de entregárnoslo.
El primer universo
Entonces comenzó.
El aria.
Sencilla.
Serena.
Casi doméstica.
La puerta de entrada.
Y después, la primera variación.
Y otra.
Y otra.
Y poco a poco aquello que parecía una sucesión de pequeñas piezas comenzó a convertirse en algo mucho más grande.
Una conversación.
Una arquitectura.
Un organismo vivo.
Las voces aparecían.
Se perseguían.
Se encontraban.
Se alejaban.
Volvían.
Trinos.
Mordentes.
Adornos.
Contrapuntos.
Fugas.
Líneas que nacían en una mano para terminar encontrándose con otra en un lugar inesperado.
Miguel las iba colocando con una claridad extraordinaria.
Y ahí ocurrió algo que, al menos a quien escribe, le atrapó por completo.
Uno podía escuchar dos voces.
Después elegir una.
Seguirla.
Y, casi sin darse cuenta, esa voz conducía hacia otra.
Y después hacia otra más.
Como un carrusel sonoro.
Electrizante.
En movimiento continuo.
Un universo que parecía no terminar nunca.
Y todo ello con una limpieza que hacía que seguir las líneas fuese sorprendentemente fácil.
La música de Bach puede ser endiabladamente compleja.
Pero cuando está bien explicada por las manos de un intérprete, puede convertirse en una de las experiencias más naturales que existen.
Miguel conseguía precisamente eso.
Que escucháramos la complejidad sin sentirnos aplastados por ella.
El piano bajo control
Habíamos conocido ya aquel piano en las noches anteriores.
Sabíamos que podía ser rotundo.
Que podía crecer.
Que podía tener fuerza.
Que podía llenar la capilla.
Pero anoche estaba sometido a otra ley.
La ley de Bach.
Y a las manos de Miguel.
El instrumento parecía domesticado.
No había estampidas.
No había excesos.
No había nada fuera de lugar.
Todo estaba en su sitio.
El sonido avanzaba con una fluidez tímbrica extraordinaria.
Las voces podían aparecer con claridad sin que ninguna reclamara más protagonismo del necesario.
Y entonces uno comprendía que tocar las Goldberg no consiste simplemente en tocar treinta variaciones.
Consiste en mantener vivo un universo durante todo el viaje.
Dos momentos cubiertos de oro
Hubo muchos momentos.
Treinta, para ser exactos.
Pero para quien suscribe hubo dos en los que algo pareció elevarse un poco más.
El primero llegó en la Variación 10, la fughetta. Cuatro voces entran sucesivamente, construyendo ese pequeño edificio contrapuntístico con una precisión que, en manos de Miguel, parecía casi transparente.
El segundo llegó en la Variación 16.
Y aquí Bach cambia el paisaje.
Después de la oscuridad de la Variación 15, en sol menor, aparece una gran Obertura de estilo francés que marca el comienzo de la segunda mitad de la obra. Es uno de los grandes puntos estructurales de las Goldberg.
Y allí, para mí, las melodías del compositor de Leipzig estuvieron cubiertas del oro más brillante.
No porque lo demás desmereciera.
Todo lo contrario.
Es simplemente que hay momentos en los que el juego se lleva un poco más lejos.
Y aquellos dos fueron los míos.
Treinta universos
Mientras avanzaban las variaciones, pensé varias veces en el título del concierto.
Treinta universos.
Y cada vez me parecía más exacto.
Porque las Goldberg no son treinta versiones de una misma cosa.
Son treinta maneras de entrar en ella.
A veces desde la danza.
A veces desde la contemplación.
A veces desde la velocidad.
A veces desde la geometría perfecta del canon.
Como nos explicó Miguel, cada tercera variación establece un nuevo canon, y estos van ampliando progresivamente el intervalo entre las voces: unísono, segunda, tercera, cuarta… hasta llegar a la novena en la Variación 27.
Bach parece jugar.
Pero debajo del juego hay una arquitectura monumental.
Y Miguel nos la explicó y permitió primero descubrirla.
Luego verla.
O mejor dicho:
escucharla.
Y cuando todo terminó…
Después de treinta variaciones, el viaje regresa al lugar de donde había partido.
El aria vuelve.
Como si después de haber recorrido treinta universos uno regresara al universo único, al de origen.
Pero ya no somos exactamente los mismos que cuando comenzó.
Quizá ésa sea una de las grandes maravillas de esta obra.
El aria no ha cambiado.
Hemos cambiado nosotros.
Y ahí estaba Miguel Ituarte.
El intérprete.
El solista.
El acompañante.
El pedagogo.
El músico capaz de explicar antes de tocar y de desaparecer después dentro de la propia música.
Anoche sentó cátedra.
Y llevó a la Muestra a un territorio de excelencia musical difícil de alcanzar.
Cinco años después, el ciclo parece haber encontrado también su propia tradición.
Y quizá ésta sea una de ellas:
esperar qué universo nos propondrá Miguel Ituarte el próximo año.
Porque después de anoche ya sabemos algo.
Que cuando Miguel se sienta ante el piano, siempre hay un viaje esperando.
Andrea Falconieri
En clave de Fa · Para QNK.ÓPERA