Donde empieza una voz
Quinta crónica y epílogo de la V Muestra Internacional de Canto Lírico de Cuenca
En clave de Fa · Crónicas de Andrea Falconieri
Hay maneras muy distintas de terminar una historia.
Algunas buscan el golpe final.
Una gran escena.
Un nombre conocido.
Un último concierto capaz de dejar al público con la sensación de haber asistido a algo extraordinario.
La V Muestra Internacional de Canto Lírico de Cuenca decidió terminar de otra manera.
Y quizá ahí esté una de sus mayores virtudes.
Desde su primera edición, la clausura pertenece a los alumnos del curso de Lied y Canción que imparten Cecilia Lavilla y Miguel Ituarte.
Una elección que, vista desde fuera, podría parecer arriesgada.
Después de cuatro noches de profesionales, de nombres consolidados, de repertorios de enorme exigencia y de interpretaciones de altísimo nivel, ¿por qué no cerrar la Muestra con un gran nombre?
¿Por qué no terminar por todo lo alto?
La respuesta estaba anoche sobre el escenario.
Porque quizá no haya mejor manera de terminar una Muestra dedicada al canto que mirando hacia el lugar de donde nacen las voces.
El principio después del final
Los alumnos no son todavía profesionales.
Algunos tienen una técnica vocal que todavía está buscando su sitio.
Otros están empezando a descubrir su instrumento.
Hay voces que aún necesitan tiempo para desarrollarse, conocimientos estilísticos que todavía están en proceso de maduración y repertorios que apenas comienzan a abrirse ante ellos.
Pero precisamente ahí está el interés.
Porque después de cuatro noches escuchando el resultado, anoche pudimos contemplar el proceso.
El camino.
Ese camino que todos los cantantes han tenido que recorrer alguna vez.
El de equivocarse.
El de probar.
El de buscar.
El de descubrir que una nota puede salir hoy de una manera y mañana de otra.
El de aprender a respirar.
A escuchar.
A decir.
A estar delante de un público.
Y también a disfrutar.
Porque anoche hubo nervios.
Hubo pequeñas pérdidas.
Hubo momentos en los que alguna cosa no salió exactamente como estaba prevista.
Pero también hubo algo mucho más importante:
complicidad.
Compañerismo.
Energía.
Entrega.
Y una enorme generosidad entre quienes compartían escenario.
Una pequeña caja de música
El programa había sido especialmente variado.
Predominó el repertorio inglés, pero el viaje no se quedó allí.
Aparecieron Schubert y Schumann y ese universo íntimo del Lied alemán.
Hubo música española.
Una incursión en el repertorio ruso.
Arias antiguas.
Barroco.
Canciones.
Dúos.
Y cuartetos.
Sound the trumpet abrió el concierto con Carla y Helio.
Después llegaron Weep you no more, Che colpa è la mia, Se nel ben, Se tu m’ami, The passing bell, I see she flies me, The last Rose…
Y el programa fue avanzando como una pequeña caja de música en la que cada cajón escondía un color diferente.
Alicia.
Myriam.
Cristina.
Asun.
Inés.
Nora.
Marian.
Ruth.
Helio.
Pedro.
Carla.
Y los demás compañeros fueron dibujando un mosaico vocal muy diferente al de las noches anteriores.
Aquí no había una sola voz.
Había muchas.
Y eso también formaba parte del atractivo.
Sopranos, mezzosopranos, barítonos…
Diferentes colores.
Diferentes tamaños.
Diferentes maneras de enfrentarse a la música.
Y precisamente por eso el concierto resultó tan cercano y humano.
Porque también se aprende delante del público
Hay algo que quizá se olvida cuando se habla de formación musical.
Que estudiar no significa estar preparado.
Significa estar preparándose.
Y eso es muy diferente.
Anoche se veía.
Se veía en los nervios.
En las miradas.
En las pequeñas complicidades antes de salir.
En quienes tenían más experiencia y en quienes apenas llevan unos meses adentrándose en este maravilloso mundo del canto.
Pero también se veía algo más.
Que nadie llega a ser cantante de repente.
No existe ese instante mágico en el que un estudiante se acuesta siendo alumno y despierta convertido en profesional.
Hay un proceso.
Largo.
A veces frustrante.
A veces maravilloso.
Y precisamente por eso este concierto tiene un valor que va mucho más allá de su resultado artístico.
El público no estaba solamente escuchando canciones.
Estaba viendo crecer a unos cantantes.
Y eso, en una Muestra como ésta, tiene un enorme valor.
Y entonces llegó Pedro
Al final de la noche quedaba todavía una última sorpresa.
El Premio Carlos Alcocer.
Un premio que nació para recordar a un hombre y que, desde ahora, servirá también para impulsar a quienes continúan su camino.
El nombre del ganador fue:
Pedro Lluch.
Y hubo algo especialmente emocionante en la manera en que se produjo el momento.
El premio fue entregado por el propio hijo de Carlos Alcocer.
Durante unos segundos, pasado y futuro quedaron juntos sobre el escenario.
El recuerdo de un cantante.
Y la voz de otro que empieza a construir su propia historia.
Pedro recibió el premio.
Pero lo que recibió realmente fue algo mucho más importante que un reconocimiento.
Recibió una oportunidad.
La posibilidad de realizar y protagonizar un concierto en solitario dentro de la VI Muestra Internacional de Canto Lírico de Cuenca, en 2027.
Una contratación.
Un escenario.
Una fecha.
Un compromiso.
Una responsabilidad.
Una puerta abierta.
Y quizá eso sea exactamente lo que debe hacer un premio destinado a jóvenes cantantes:
no cerrar un camino, sino abrirlo.
Carlos Alcocer y el futuro
Hay homenajes que miran hacia atrás.
Este premio mira hacia delante.
Y ahí reside, quizá, su mayor belleza.
Carlos Alcocer permanece en la memoria de quienes le conocieron, pero su nombre no queda convertido únicamente en recuerdo.
Se transforma en una posibilidad.
Cada año, una nueva voz tendrá la oportunidad de recoger algo de esa memoria y llevarla hacia el futuro.
Anoche fue Pedro.
Mañana será…
Y así, poco a poco, un nombre puede seguir formando parte de la música sin necesidad de quedarse detenido en el pasado.
Cinco años después
Y cuando uno mira la Muestra desde el último día, descubre que estos cinco años han sido algo más que una sucesión de conciertos.
Han sido una pequeña construcción.
Una apuesta.
Una manera de decir que en Cuenca también puede ocurrir esto.
Que una capilla pequeña puede convertirse durante unos días en un espacio de enorme altura artística.
Que pueden convivir profesionales y estudiantes.
Que puede haber Bach, Mozart, Franck, Falla, Poulenc, Schubert, Schumann, Albéniz…
Que pueden llegar músicos de fuera.
Que pueden crecer músicos de aquí.
Que un público puede descubrir que la música de cámara no necesita grandes escenarios para ser inmensa.
Y que una ciudad puede empezar a reconocer una cita como propia.
La Muestra todavía es joven.
Cinco años no son muchos.
Y precisamente por eso queda tanto por hacer.
Quizá ahora toca crecer.
Consolidarse.
Llegar a más público.
Conseguir que cada vez más conquenses sepan que durante unos días de agosto hay algo que merece la pena escuchar.
Pero también conservar aquello que la hace especial.
La cercanía.
La exigencia.
La capacidad de riesgo.
La apuesta por los jóvenes.
Y esa hermosa mezcla entre memoria y futuro.
Y quizá ésa sea la verdadera clausura
La primera noche escribíamos sobre una voz que parecía susurrar.
Después llegaron otras voces.
Una soprano.
Una flauta.
Un piano.
Bach.
Mozart.
Franck.
Albéniz.
Treinta universos.
Y ahora, en el último concierto, han aparecido las voces que todavía se buscan.
Quizá por eso la Muestra no termina aquí.
Porque anoche no asistimos a un final.
Asistimos a una continuación.
Pedro Lluch tiene ahora un concierto que preparar para 2027.
Los demás tienen un camino que recorrer.
Cecilia y Miguel seguirán enseñando.
Y la Muestra tendrá que volver a abrir sus puertas.
Así que quizá no haya que despedirse.
Quizá sólo haya que decir:
hasta el próximo verano.
Porque en Cuenca hay música.
Mucha.
A veces visible.
A veces escondida.
A veces en el silencio.
A veces esperando.
Y mientras haya alguien dispuesto a escucharla, habrá historias que contar.
Andrea Falconieri
En clave de Fa · Para QNK.ÓPERA