Cuando la ópera nace en casa

En clave de Fa · Crónicas de Andrea Falconieri ·Crónicas de un Rigoletto, Capítulo I

Por Andrea Falconieri

La primera vez que escuché Rigoletto en Cuenca no había telón.

Tampoco había una orquesta.

Había un piano, unas voces y una plaza.

Era una noche de agosto.

La ciudad seguía con su vida y, en La Merced, alguien parecía haber decidido que aquella noche Verdi tenía algo que decir.

Me acerqué sin saber muy bien qué iba a encontrar.

Y me quedé.

No recuerdo cuánto tiempo estuve allí. Lo que sí recuerdo es la sensación de que aquello no era simplemente un concierto.

Había algo diferente.

Quizá fuera el lugar.

Quizá que la música de Verdi apareciera allí, en medio de la ciudad, sin pedir permiso.

O quizá fuera otra cosa.

Mientras escuchaba, pensé que Rigoletto no parecía haber llegado a Cuenca.

Parecía que Cuenca lo estaba creando.

Mucho después descubrí que la frase tenía más sentido del que yo había imaginado.

No sólo Cuenca llevaba tiempo postergando a Verdi.

También lo hacía su intérprete.

Más de cincuenta años de vida habían pasado junto a su música. Verdi había estado ahí, de alguna manera, acompañándolo durante todo ese tiempo, pero nunca había llegado el momento de dejar que se apoderara de su voz.

Hasta ahora.

Aquella idea se quedó conmigo.

Y desde entonces no he dejado de preguntarme qué significa realmente que una ciudad haga su propia ópera.

No hablo de recibir una producción durante unos días y después despedirla.

Hablo de algo más extraño y, quizá, más difícil.

De conseguir que la ópera tenga memoria.

Que haya voces que se formen aquí.

Músicos que toquen aquí.

Artistas que creen aquí.

Personas que trabajen durante meses para que, una noche, una historia pueda suceder delante de otras personas.

Porque una ciudad también se construye con aquello que escucha.

Y cuando una música vuelve una y otra vez, empieza a ocurrir algo curioso.

Primero sorprende.

Después se reconoce.

Y un día, sin que nadie sepa exactamente cuándo ocurrió, empieza a sentirse propia.

La historia que había antes

Rigoletto no empezó aquella noche.

En realidad, su historia había comenzado mucho antes.

Mozart había pasado por Cuenca.

También Donizetti.

Rossini.

La creación contemporánea.

Más de diez producciones habían ido dejando sus huellas en el camino.

Yo empecé a mirar esa trayectoria de otra manera.

Quizá una producción pueda durar una noche.

Pero un proyecto cultural no se construye en una noche.

Se construye volviendo.

Volviendo a crear.

Volviendo a ensayar.

Volviendo a cantar.

Volviendo a llenar un escenario.

Volviendo a invitar al público.

Y también saliendo del teatro.

Por eso estaba aquella noche en La Merced.

La plaza no era el destino.

Era un punto y aparte.

Era una puerta.

Durante años, se ha utilizado ese espacio para acercar la lírica a personas que quizá nunca hubieran decidido entrar directamente en un teatro.

La idea parecía sencilla: escuchar antes de decidir.

Descubrir antes de juzgar.

Encontrarse con la música sin que hubiera que saber demasiado sobre ella.

El pasado 9 de agosto, Rigoletto cruzó aquella puerta.

Piano y voces.

La plaza.

El público.

Verdi.

Y, durante un rato, la ciudad pareció convertirse en escenario.

Pero yo sabía que aquello no podía terminar allí.

Porque faltaba algo.

El teatro

Una ópera necesita muchas cosas.

Una historia.

Unas voces.

Músicos.

Y un lugar donde todo aquello pueda encontrarse.

Rigoletto había tenido su primer encuentro con la ciudad.

Ahora tenía que llegar al teatro.

Al Auditorio de Cuenca.

Y allí había una novedad que me interesaba especialmente.

Esta vez, habría una orquesta, buena parte de ella estaría formada por músicos de Cuenca.

De pronto comprendí que aquella historia tenía otra dimensión.

La ciudad no iba a ser solamente el lugar donde se representaría Verdi.

También iba a formar parte de lo que iba a sonar.

Eso cambia las cosas.

Porque cuando los músicos de una ciudad ponen su sonido dentro de una obra, cuando sus artistas trabajan en ella y cuando su público se sienta delante del escenario, la ópera deja de ser simplemente algo que ocurre en un lugar.

Empieza a pertenecerle.

Quizá de eso se trate.

De que la música no venga solamente a visitarnos.

De que pueda vivir aquí.

Y entonces llegó Verdi

Giuseppe Verdi.

Y con él, Rigoletto.

Una historia de poder.

De deseo.

De secretos.

De apariencias.

De venganza.

De un padre y una hija.

Y de una maldición que parece estar esperando desde el primer momento.

Entonces entendí que quizá aquella obra había encontrado en Cuenca una historia que contar.

Pero todavía me faltaba descubrir cómo iban a contarla.

Porque este Rigoletto no iba a ser exactamente el que yo imaginaba.

Había algo más.

Algo que todavía no había visto.

Una pista que apareció casi por casualidad.

El cine.

Sicilia.

Nueva York.

Mezclándose con Cuenca.

Y cómo lo harían…

La mafia.

El eco de «La Familia».

Y, de repente, la historia de Verdi empezó a parecerme otra historia.

Una que reconocía.

Una que quizá todos reconocemos.

Pero eso merece que nos detengamos.

Porque cuando la sombra del cine entra en la ópera, cambian muchas cosas.

Y yo todavía no sabía hasta dónde iba a llevarnos aquella idea.

Por ahora sólo sé que aquella noche, cuando Verdi dejó de sonar en La Merced, la historia no terminó.

Acababa de empezar.

Y yo decidí seguirla.

Y todo nos llevará a un lugar y una fecha: coordenadas que ya estaban descifradas.

7 de noviembre, a las 19:00 h, en el Auditorio de Cuenca.

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Andrea Falconieri

En clave de Fa · Crónicas de un Rigoletto

Capítulo I · Cuando la ópera nace en casa

Sábado 7 de noviembre de 2026 · 19:00 h · Auditorio de Cuenca · Sala 1

Continuará…